Tiempo de calidad

Todas las primaveras tengo el privilegio de ver florecer mis dos jazmines húngaros. Uno crece al frente de mi casa y otro enmarca el porche del jardín de atrás. Se convierten en un par de macizos blancos e inmensos de flores chiquitas y adorables.

Hay tanta belleza, tanta abundancia y naturalidad en la floración de estos jazmines, que, ante mí, se abren otras posibilidades, no sólo el placer de la contemplación de una estética tan perfecta. Puedo hacer pequeños bouquets y perfumar mi casa, puedo  sacar alguna foto, puedo dibujarlos si me apetece o puedo tomarlos como fuente de inspiración para mis trabajos con papel. 

Puedo, incluso, hacer una lista de lo que haría y por el mero hecho de hacerla ya estaría convirtiendo mi tiempo en una experiencia de calidad.

¿Cuánto vale el tomarse una pequeña porción de tiempo de calidad? No tiene precio, aunque más recompensas de las que te imaginas. Si me preguntas a qué le llamo "tiempo de calidad", mi respuesta es muy concreta: es ese momento en el que disfruto de alguna actividad por el simple hecho de hacerla. La recompensa está implícita en el entusiasmo y la alegría que expresas mientras la realizas, en ese tiempo sin interferencias, sin preocupaciones, sin expectativas y vivido en inocencia. Un momento breve, coherente con lo que sientes y haces.

Esta foto fue tomada en ese momento de alegría genuina. Más allá de que la calidad de la foto dé la talla o no, sí fue de calidad el momento que la tomé. Y mi día fue una recompensa.