Una dosis de "desfachatez"

Desfachatado. Ser desfachatada.  ¿Sigue usándose este término? Lo escuché muchas veces en mi infancia.

Me acuerdo de algunos "no seas desfachatada" como advertencia frente a respuestas osadas que daba a mis padres, tías o abuelos. También me acuerdo de expresiones de sorpresa y tentaciones de risa de mis padres frente a la supuesta audacia de alguna de mis propuestas. Así que todo indica que, de niña, yo era una legítima desfachatada.

En lenguaje coloquial rioplatense, responder con desfachatez es sinónimo de descaro, aunque yo siempre lo entendí diferente. Cuando respondía con "desfachatez", todo lo que hacía era responder con una actitud fresca, sin guiones y sin miedos. Lejos de cualquier picardía infantil que pudieran atribuírme por estar expresándome con libertad y sin complacencias.

Hoy me levanté recordando este rasgo simpático de la mayoría de los niños y caí en la cuenta que los adultos en los años de tránsito hacia el crecimiento, le perdemos el rastro.

Dejamos de ser desfachatados frente a los "grandes" porque ahora somos nosotros quienes jugamos el rol de adultos.

Igual que todos, asumimos la responsabilidad y los roles nuevos que supone la madurez, pero...¿no sería interesante traer a nuestro presente una pizca de esa desfachatez y manejarla con más sabiduría?

En otras palabras, que la alegría natural no quede relegada a un segundo plano porque las preocupaciones diarias aumentan nuestros miedos. O porque alguna circunstancia nos obliga a seguir un guion que no fue escrito por nosotros.

Si la pizca de desfachatez representa no perder la alegría y mandar volar los miedos frente a cualquier vicisitud cotidiana, no deberíamos conformarnos con una pizca. Una dosis hasta exagerada sería bienvenida. 

 

Foto: María Camussi.